
El viernes 15 de marzo estuvimos en el Teatro Infanta Isabel para ver la obra «La golondrina» de Guillem Clua, protagonizada por Carmen Maura y Félix Gómez. Una obra emocionante que hizo que al final casi todo el público se pusiera en pié aplaudiendo.
Tanto Gómez como Maura consiguen que afloren las emociones. Personalmente me identifiqué más con el personaje del joven que pierde a su amante, pero pude comprender y empatizar también con los sentimientos de la madre que ha perdido a su hijo.
El tema de fondo es un supuesto atentado islamista contra la comunidad LGTB. De momento no se ha producido en «occidente», pero no debemos olvidar que en la mayoría de los países islámicos la homosexualidad está perseguida y castigada con pena de muerte. Este atentado que se plantea como una ficción aquí, es una absoluta realidad allí. Por otro lado ya hubo en el siglo XX un genocido LGTB en Europa, el nazismo asesinó a miles de personas LGTB y durante setenta años la sociedad «occidental» y muy dolorosamente la sociedad sionista lo han estado ocultando y negando. En la obra el protagonista hace una referencia: «Imagínese que el terrorista no hubiera elegido un bar gay. Imagínese que en lugar se eso hubiera entrado en una sinagoga en pleno sabbath para matar a 50 judíos. Nadie pondría en duda que se trataría de un atentado antisemita» Los sionistas (que no los semitas) han estado presionando a todos los gobiernos del mundo, empezando por el español para evitar que se recordara el genocido LGBT, porque no querían juntarse en el mismo homenaje con los descendientes (y defensores) de Sodoma y Gomorra.
Un aspecto que no me gustó en la obra es que comenzara con una canción religiosa católica y una conversación sobre la infancia en colegios y coros religiosos católicos. Puede dar la idea de que el autor está enfrentando cristianismo contra islamismo, cuando en realidad las tres principales religiones monoteístas son igualmente homófobas.
Da la casualidad que justo este mismo viernes 15 de marzo se ha perpetrado un atentado supremacista en Nueva Zelanda, un australiano ultraderechista islamófobo ha asesinado en una mezquita a 49 personas.
La intervención que más me gustó de la obra fue cuando el protagonista dice «Ese terrorista tuvo un montón de cómplices, señora Amelia. La mayoría silenciosa, sí, pero cómplices al fin y al cabo. Gente que tampoco quiso entendernos. El padre que regaña a su hijo porque «llora como una niña», los que prefieren comprarle una pistola a una muñeca, los que se ríen con los chistes de mariquitas, los que no quieren que una mujer transexual entre en su mismo baño a mear y por descontado los que se alegran de que su hijo por fin se haga un hombre y deje de cantar porque en el escenario se le nota demasiado la pluma». Es el discurso más contundente e ideológico de la obra. Y, por lo otro lado, aplicable a cualquier crimen de odio, al atentado islamófobo y a los crímenes del franquismo, por ejemplo. Porque en España, una gran mayoría de cómplices siguen pensando que los rojos se merecieron el genocidio de 1936. Y desde las instituciones «democráticas» se jactan de impedir que se reconozcan esos crímenes, de impedir que el Estado financie las exhumaciones y juzgue a los culpables. De impedir que se conozca que fueron asesinados por ser buenas maestras y maestros que enseñaban con el método científico y la coeducación, que fueron asesinados por ser buenos sindicalistas que defendieron los derechos de agricultores y obreros, que fueron asesinados por ser mujeres que se habían liberado de los prejuicios decimonónicos, que habían empezado a ocupar puestos institucionales, que habían defendido la igualdad de derechos, que habían participado en las movilizaciones obreras junto a los hombres y que se habían negado a taparse el pelo, ni velos en las iglesias ni sombreros en la calle. Y, también, también, también… que fueron asesinados por ser maricones. Hasta la semana pasada un representante del Partido Popular negaba en la Asamblea de Madrid, que Lorca fuese asesinado por ser gay y comprometido con los valores y derechos humanos que defendía la República. Por cierto que también están representando en el mismo Teatro Infanta Isabel la obra «Miguel de Molina al desnudo», donde se narra como también este referente de la cultura de los años 30 fue perseguido y tuvo que exiliarse para evitar ser asesinado. El exilio forzado también es un crimen de odio contra la humanidad.
Y que conste, todo hay que decirlo, que yo SÍ me rio con los chistes de mariquitas. Ese parágrafo lo eliminaría del discurso. Porque precisamente el humor y la risa son los mejores antídotos contra el odio. Siempre, claro, dentro de unos límites de cortesía, chiste sí, denigración no.
Creo que esta obra debería ser de visionado obligatorio en todos los institutos y universidades. Y que el libro con el texto de la obra debería estar en las bibliotecas de todos los centros educativos incluidos los de Primaria.
Es actualmente lo mejor de la cartelera teatral.



































